Teología

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created March 27, 2014 in Uncategorized

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Catequesis cuaresmal de Kevin M. Santos desde las homilías del obispo San Juan Crisóstomo (homilía 2 sobre el diablo tentador, 6.). Esta catequesis tiene como objetivo la perfección cristiana, alcanzada como fruto de un proceso de penitencia y de purificación que nos acercarán más a Dios y a nuestra vocación a la santidad. «Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo». En este tiempo de Cuaresma le servirá a todo fiel cristiano tomar en cuenta estos diversos pero complementarios consejos para la penitencia. Se dirige con especial atención a jóvenes y adultos con una fuerte conciencia sobre las acciones humanas y su necesidad de reparación. 1. Acusación de los pecados: En este primer camino el cristiano toma conciencia de sus errores, pues no hay perdón de pecados sin un reconocimiento y debido arrepentimiento. La infinita misericordia de Dios se ve impedida si el cristiano no reconoce sus faltas y si no tiene intención de remediarlas. «Confiesa primero tus pecados, y serás justificado». El hombre que confiesa y reprende sus pecados Dios le mira con misericordia. «Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios». Por tanto, somos nosotros quienes -oportunamente- enderecemos nuestros caminos antes de la llegada del Señor. 2. Perdonar las ofensas de nuestro prójimo: No puede haber perdón sin antes perdonar. El mismo Jesús nos enseñó a perdonar a quienes nos hacen daño. Sí somos capaces de perdonar al hermano Dios nos perdonará a nosotros. « [...] obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas –dice el Señor–, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros». También tenemos que tener en cuenta que no basta solo con pedir perdón... También hay que perdonar. En el padrenuestro decimos “perdónanos, como nosotros también perdonamos”. La Cuaresma es tiempo del perdón, tiempo del reencuentro con nuestro Padre Dios y nuestros hermanos los hombres... 3. La oración: «La oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón» es nuestro alimento en este tiempo de Cuaresma. Orar no debe ser una imposición, sino que debe de brotar de nuestro corazón. Es el deseo de comunicarnos con Dios. Orar es contemplar a Dios, adorándolo y alabándole por sus obras. La oración íntima debe ser espontánea, un momento de interiorizar y encontrarnos con ese Dios que nos ama y nos escucha como un amigo. 4. Limosna: No se debe entender la limosna como un dar sin sentido, dar unas monedas que me estaban estorbando, no, eso no es. La limosna es más bien un acto de caridad, acto de amor en el que me hago eco de las necesidades de mi prójimo y decido colaborarle, unas veces materialmente y otras espiritualmente. La limosna (o caridad) es abrir los ojos a las necesidades de los demás, sabiendo que somos responsables de brindarle colaboración. También es un acto de justicia, pues es dar a los demás lo que por justicia les pertenece. La fe no es una venda que nos ponemos en los ojos para no ver las necesidades de los otros, no, la fe debe abrirnos los ojos y llevarnos a luchar por hacer este mundo un lugar conforme a el Reino de Dios, y eso significa luchar por el bien común. La Cuaresma es un buen momento para reflexionar sobre esto. Jesús nos ofrece el reino sí somos capaces de abrirnos a las necesidades de los demás. Recordemos que todo lo que hagamos por estos hermanos necesitados se lo hacemos a Jesús. 5. Humildad: La persona humilde sabe reconocerse pecador y necesitado de la misericordia de Dios. El humilde se abandona en las manos de Dios, sabe que él es su Padre que le ama y le perdona. Quien es arrogante no puede recibir perdón, pues su corazón se ve cerrado y cegado por el propio orgullo que le hace creerse autosuficiente. El corazón de Dios se compadece de quien pide su ayuda. «De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados». «No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes —hablo de la limosna—, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.»

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